El ordenador nuevo del emperador, o de la Escuela 2.0 como McGuffin (III): El Profesor Cableado

22 octubre, 2010

Instalación casi completa de la última distribución de Guadalinex

 

Para los que no peinamos canas (no por nuestra juventud, sino porque la alopecia nos va dejando mondos y lirondos, y ya ni nos peinamos) es enternecedor ver aparecer por el instituto una nueva hornada de profesores en prácticas. Como viajeros inexpertos, aparecen pertrechados furiosamente de la más varia impedimenta. Recuerdo a uno que llevaba el maletín del portátil, un par de mapas, un fajo de cuadernos y un sinfín de material fungible que caía fungido por las escaleras a medida que se acercaba al matadero. Angelito. Ni uno solo de sus gadgets le libró de ser masticado hasta la pulpa por nuestros entrañables humanoides. A veces se nos olvida lo fundamental: dar clase implica establecer una relación personal con cada alumno. Eso es lo único que nos hace imprescindibles. Todo lo demás son herramientas, pero, si falta un auténtico diálogo, las herramientas no son más que un decorado vacío de actores.

Ese mismo día, Z., una simpática profesora en prácticas, revoloteaba por la sala de profesores enchufando su laptop en todos los orificios susceptibles de conducir corriente o datos, incluyendo la máquina del café. Estaba azorada porque había intentado editar una presentación en pagüerpoin en un ordenador de la junta y, como es normal, el pagüerpoin había sido triturado hasta los protones. Justo antes de la clase en que lo iba a usar. La crisis, con la modesta ayuda de su seguro servidor, se arregló in extremis. Z., enjugando su última gota de sudor, dijo: “¡Menos mal! A mí me gusta ser divertida en mis clases, y sin mis pagüerpoins, ¡yo no puedo ser divertida!”